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viernes, 30 de marzo de 2012

EL PUERTO DE ALICANTE, LA ÚLTIMA ESPERANZA ROTA

El puerto de Alicante,
La última esperanza rota

Publicado en El Mundo.
Colección Guerra Civil. 2005.
Por Llum Quiñonero.

Por la carretera de Valencia, por la de Ocaña, por la de Murcia, por el camino de Elche, todas las vías que llegaban a Alicante en aquel marzo de 1939 se convirtieron en la única salida para un sinfín de defensores de la República en retirada. A pie, en camiones, en carros, militares y civiles, hombres, mujeres y niños, abatidos todos buscaban el lugar de la esperanza ¿dónde está el puerto? La ciudad hervía en un ir y venir de gentes sin porvenir.
Alicante había sufrido 71 bombardeos desde el golpe militar en julio de 1936; sumaba más de 450 víctimas de las bombas y 790 heridos a lo largo 32 meses de guerra extenuante; un total de 740 edificios habían sido destruidos. Para la población civil, los alimentos eran un bien escaso y la resistencia, una consigna desacreditada: la derrota era gris y la esperanza triste en aquella primavera cargada de los peores augurios para la última ciudad republicana.
A lo largo del mes de marzo, en las calles y cuarteles de Madrid, en el puerto de Cartagena y en las altas esferas políticas y militares, también en Alicante, se habían enfrentado los partidarios de resistir y los de negociar una capitulación; eran los coletazos previos a la derrota inminente frente al fascismo europeo aliado contra la cercada República. Los partidarios de la rendición habían ganado en un intento de evitar más dolor; así lo entendían ellos.
El gobierno de Negrín mantuvo en la finca del Poblet, en Petrer, Alicante, sus últimas reuniones; convertidos los comunistas en sus valedores, cercados, optaron por salvar su propia piel y partieron del aeródromo de Monóvar, de la llamada posición Dákar, el 6 de marzo de 1939.
Las autoridades alicantinas aligeraron la necesaria evacuación, tras tomar el mando quienes apoyan las posiciones de la Junta de Besteiro y de Casado. El recién nombrado gobernador civil de Alicante, el socialista ilicitano Manuel Rodríguez, ordenó proporcionar pasaportes y billetes de transporte a quienes fueran designados por las organizaciones políticas y sindicales y así se hizo desde la sede del gobierno y desde el consulado de México, firmados en este caso por el último alcalde de la ciudad, antes de la guerra, Lorenzo Carbonell. Pero ¿con qué naves contaban?
La flota republicana estaba en desbandada –desde los sucesos de Cartagena, a principios de marzo–; solo cabía esperar una respuesta favorable de las navieras francesas y británicas con las que el gobierno republicano había mantenido acuerdos comerciales de abastecimiento. De la armada soviética no había noticia ni barcos a la vista; sin embargo a cientos de comunistas les habían dicho que les llevarían a la URSS.
En su relato autobiográfico sobre el final de la guerra que titula La estampida, el falangista José Mallol Alberola, que en eso días tomó el mando del gobierno civil, afirma que ” por la ciudad deambulaban 60.000 fugitivos”, a la espera de barcos para huir. Las cifras no son fáciles de precisar, tal vez él abulta el peso de aquellos que todavía armados, temía; porque a pesar del caos, la ciudad, hasta el 30 de marzo, no había sido ocupada por fuerzas militares más que los soldados y mandos republicanos en retirada.
Lo cierto es que el 28 de marzo dos barcos están amarrados en el puerto, al pie del Benacantil. Uno de ellos es el viejo carbonero inglés Stambrook, pertenece a France Navigation y su capitán, Andrew Dickinson se aventura y burla el bloqueo de la escuadra franquista y acude en auxilio de quienes aún creen en su derecho a escapar. A pesar del riego, embarca oficialmente a 2638 pasajeros; de ellos, 2.240 eran hombres y 398, mujeres; 147 eran niños, de los cuales 15 no habían cumplido el primer año de edad, y de entre éstos, algunos eran recién nacidos. El Stambrook zarpó el 28 de marzo a las 11 de la noche, entre la conmoción de quienes se quedaban y el arrojo de su capitán que lo manejaba con su línea de flotación sumergida.
Cerca hay otro mercante; el Maritime, también británico; pero su capitán sólo aceptó 37 pasajeros y zarpó prácticamente vació, ante una multitud atónita, a la que no le quedaban aliados, si es que alguna vez los tuvo.
El 29 de marzo la muchedumbre sigue buscando en el puerto una salida, se organizan, hacen listas, discuten si deben defenderse y renuncian a morir matando, tratan de establecer una zona protegida; esperan sin esperanza y otean un horizonte muerto porque las promesas de evacuación se han convertido ya en una artimaña de los falangistas, comandados por Mallol para desarmarles.«Con el fin de dar visos de realidad y que los fugitivos se decidieran a entregar sus armas a cambio del boleto de embarque, hicimos más difícil la entrada al puerto», escribe Mallol. Narra cómo se puso en contacto con el buque de la armada, Canarias, que al servicio de Franco, con otras naves, patrullaba la bahía y desde el que le aseguraron que no permitirían la entrada de ningún barco. Y los hubo que intentaron llegar, así lo cita el historiador Tuñón de Lara que también estaba en el puerto aquellos días. El Winnipeg y un par de mercantes franceses intentaron aproximarse al muelle, pero fueron interceptados.
Hay quienes optan por buscar otro puerto o por salir de la ciudad por tierra. Algunos, que no se atreven a atravesar la zona ya acordonada por sacos terreros y vigilada por falangistas armados con las mismas armas que han entregado los republicanos, se echan al agua, tratando de salvar a nado la escollera; es el caso de un grupo de alumnos de un colegio racionalista de la ciudad, que tras acompañar al puerto a sus maestros anarquistas, Martínez y Muñoz, se volvieron a casa después de saltar al mar y nadar hasta la playa del Postiguet.
La noche del 29 empieza a llover y el puerto se llena de pequeñas hogueras que dan calor a una sociedad apelotonada en la que entre militares y autoridades civiles, no faltan familias enteras, mujeres embarazas ni bebés recién llegados al peor de los mundos. La ciudad es un hervidero de gentes en retirada, de falangistas envalentonados y de ciudadanos sin aliento que no saben si ellos también están atrapados. Muchos miran espantados a quienes se hacinan en el puerto y les llevan agua; como el joven José Aracil, del barrio de Benalua, que busca a su hermano, y va de grupo en grupo, con un botijo en la mano.
El jueves 30 de marzo, con la llegada de la división italiana Littorio, encabezada por el general Gambara, la bandera de Franco es izada en Alicante. Los soldados italianos llegan hasta el puerto y rodean con sus armas lo que queda de la República. Es entonces cuando los derrotados comienzan a romper en pedazos los documentos que acreditan su filiación, ya no son nadie; pero hay quienes antes de entregarse, eligen el suicidio. Algunos lo hacen en pareja y se matan disparando a la vez; otros, mueren solos, descargando contra sí mismos las armas que tenían como objetivo defender la República, vencer al fascismo. La desesperación, el miedo, las ganas de vivir y las de morir se dan la mano en el peor de los momentos.
Ya no hay salida.
Algunos intentan escapar sin destino. El general Gambara escribe un informe al Cuartel Gral de Franco fechado el 1 de abril: Situación milicianos puerto está resolviéndose. Hasta ahora pasarense cerca de 10.000. Quedan 2.000 declarando voluntad de rendición.
Los más siguen las órdenes de los soldados fascistas italianos que los conducen a un campo de concentración improvisado, a las faldas de la Serra Grossa, en la Goteta; Max Aub que estuvo allí lo llamó el campo de los almendros. Después, a la plaza de Toros, a la cárcel, al Castillo de Santa Bárbara, a los cines, a los cuarteles, al campo de concentración de Albatera. La Alicante republicana se había convertido en un penal insaciable.
El fascismo había ganado la guerra: la paz no sería posible.

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