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sábado, 18 de octubre de 2014

DOS MIL METROS DE HISTORIA. Trincheras de San Miguel de Salinas.

DOS MIL METROS DE HISTORIA


Texto y fotos sacados de: http://tomasvte.wordpress.com/2011/02/22/dos-mil-metros-de-historia/

DOS MIL METROS DE HISTORIA


Más de dos kilómetros de trincheras excavadas durante la Guerra Civil perviven, en desigual estado de conservación, en los alrededores de San Miguel de Salinas, restos de una de ellas incluso en el mismo casco urbano. Quizás otro kilómetro más de zanjas ha desparecido en las últimas décadas merced a roturaciones agrícolas y construcciones urbanísticas. La creación de esta red defensiva, iniciada el 23 de junio de 1937, no respondía a la inminencia de un escenario de guerra sino a un plan estratégico para la defensa de la base naval de Cartagena, leal a la República y base de su flota.
El alzamiento militar contra el legítimo gobierno republicano enfrentó a la autoridad militar con un problema defensivo no previsto. La base naval contaba con un plan de defensa frente a un enemigo exterior que atacara por mar, pero no uno de defensa terrestre puesto que atacar por tierra supondría que el resto del territorio nacional ya habría caído en manos enemigas. Desde los primeros días del alzamiento las autoridades militares trabajan en un plan estratégico para establecer un frente de defensa lejano asentado sobre las sierras exteriores de la región: Alcaraz, Segura y Cazorla, la defensa de la carretera procedente de Madrid desde Tobarra y, especialmente, Hellín. También diseñan una línea defensiva próxima con el límite en las alturas de Tallante por el suroeste y San Pedro del Pinatar al norte.
No obstante, desde los primeros meses de 1937 el esfuerzo se centra en un cordón defensivo intermedio, considerado por el mando militar como más eficaz y de más fácil realización, que discurre por las sierras de Carrasquilla, Almenara, Carrascoy, Cresta del Gallo, Columbares y Escalona hasta el mar, y más al norte desde Murcia a Guardamar siguiendo el cauce del Segura.
Todo este esfuerzo de planificación, aun cuando la República se mantiene fuerte, responde al diseño del peor escenario posible: que el ejercito rebelde pueda ganar la guerra. En ese supuesto la base naval de Cartagena se erige como el último reducto a defender para garantizar la salida al exilio de cuanto civil lo quiera y del Ejército Popular en retirada. Para ello es preciso retrasar al máximo el avance del enemigo. Y es ahí, en ese escenario bélico, donde el entramado defensivo de San Miguel, ligado al de Torrevieja, juega un papel crucial en previsión de un desembarco enemigo en la costa o un avance desde Alicante una vez superada la línea defensiva delimitada por el río Segura.
La loma de Los Aniortes y el cabezo del Ventorrillo, a izquierda y derecha de la carretera San Miguel-Torrevieja, el Cabezo de los Pascuales, el Montesico Blanco y el propio casco urbano forman parte de la primera posición de resistencia que debe defender cada palmo de terreno; cada casa, cada esquina, cada calle debe convertirse en un obstáculo para el avance rebelde. Los altos de las Escalericas, la Cañada del Judio, El Espartal y Lo Quesada, constituyen el segundo centro de resistencia una vez superado el casco urbano. Tanto la carretera hacia Cartagena como hacia Rebate debe ser batida desde los cerros situados a ambos lados para contener el avance de fuerzas superiores. El Cabezo de la Vieja, el Cerro de los Claveles y lomas de lo Pastor forman el tercer escalón defensivo, apoyados todos ellos por artillería ubicada al este de la casa de La Bojosa desde donde se batirían las posiciones enemigas.
Cuadrillas de hombres de San Miguel, a pico y pala, fueron abriendo metros y metros de líneas quebradas de trinchera, puestos de tirador, hoyos de mortero. Durante 9 meses se trabajó en distintos lugares bajo el asesoramiento esporádico de un capitán de ingenieros y con el mejor entender de quien dirigía los trabajos. Así hasta el 20 de abril de 1934, cinco días después de que las tropas franquistas al mando de Alonso Vega llegaran al Mediterráneo por Vinaroz, cuando se da la orden de dedicar todos los recursos a reforzar la línea defensiva de Guardamar.
Sacos terreros, puntales, alambre de espino formaron parte de unos preparativos que el golpe de Casado en marzo de 1939 y el levantamiento de Cartagena hicieron inservibles al precipitar el final de la guerra. Afortunadamente la única munición que se disparó desde estas trincheras fue un fuego cruzado de piñas verdes lanzadas con honda, sin consecuencias, entre gallegos y sanmigueleros que trabajaban en las del Espartal y Lo Quesada. Lamentablemente no pudieron utilizarse para facilitar el exilio a miles de civiles y militares que acabaron en campos de concentración como el de Albatera.
Ahora, un grupo de arqueólogos de la comarca se ha impuesto la tarea de catalogar los restos de la arquitectura militar de la Guerra Civil que todavía resisten en nuestros pueblos el paso del tiempo. Su objetivo es que sean declarados por el gobierno valenciano como bienes culturales. Una loable iniciativa que en otros lugares del territorio español y valenciano ya se ha llevado a cabo. Es paradigmático el museo al aire libre que constituyen todos los pueblos de la Terra Alta, escenario de la Batalla del Ebro, donde al valor histórico, cultural y humano se suma el de un creciente recurso turístico.
La historia que guardan las trincheras de San Miguel, enmarcadas en el cinturón defensivo de la base naval de Cartagena, merece ser conocida. Algunos de los trazados mejor conservados deberían ser restaurados e incluidos en un itinerario histórico-cultural. Por más que sea una historia triste, al fin y al cabo es nuestra Historia.

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