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jueves, 13 de diciembre de 2012

Testigos enterrados de nuestra historia

Testigos enterrados de nuestra historia

El 25 de mayo de 1938 más de 300 personas murieron en el bombardeo del Mercado Central, muchas de aquellas víctimas eran mujeres y niños

 

Ponerse a salvo. A lo largo de su historia, Alicante ha sido bombardeada muchas veces, desde tierra y desde el mar. La última vez fue durante la Guerra Civil del siglo pasado, desde el aire. Pese a estar alejados de los frentes, la muerte y la destrucción se les vino encima a los alicantinos en forma de racimos de bombas caídas desde el cielo. Para ponerse a salvo, corrían a cobijarse en alguno de los numerosos refugios que atravesaban el subsuelo de la ciudad. En estos lugares esperaban a que cesaran los bombardeos. Eran lugares sombríos y húmedos, llenos de angustia y terror, pero también de tenacidad y esperanza.

Gerardo MUÑOZ En la madrugada del 5 de noviembre de 1936 tres aviones arrojaron diez bombas sobre la zona portuaria de Alicante. Además de producir grandes destrozos materiales, ocasionaron la muerte de dos personas y heridas a otra. Fue el primero de una larga serie de bombardeos que causó estragos entre la población y los edificios alicantinos.
El 28 de noviembre de aquel mismo año, ocho días después de que fuera fusilado el fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, Alicante fue sometida a un terrible castigo por parte de la aviación franquista: 160 bombas cayeron sobre la ciudad, produciendo terror y dolor, además de un gran incendio en los depósitos de la Campsa.
Durante aquellos primeros bombardeos de la guerra, los alicantinos buscaron refugio donde pudieron: en los sótanos de sus casas, si los había, en los del Mercado, en los del Teatro Principal, en las cuevas que había en los montes Benacantil y del Tossal, bajo las bóvedas de la Plaza de Toros? En previsión de nuevos ataques aéreos, la Junta Local de Defensa Pasiva, creada el 10 de julio de 1937 y presidida por el alcalde, ordenó la urgente construcción de refugios subterráneos colectivos. Para sufragar los gastos se estableció el pago de una cuota por cabeza de familia, así como un impuesto por la contribución industrial y comercial.
Construcción de refugios
Entre 1937 y 1939 se construyeron en Alicante más de un centenar de refugios públicos. De los 96 censados por el Ayuntamiento en la actualidad, se sabe que 41 fueron construidos en 1937, 40 en 1938 y tres fueron terminados en 1939. De los otros 42 solo se sabe que se hicieron en el transcurso de la guerra, sin especificar el año.
Cabe suponer que en los cuarteles habría refugios subterráneos o lugares donde cobijarse apropiadamente durante los bombardeos, pero no eran accesibles para la población civil. Esta debía buscar la salvación en los refugios públicos o en los particulares que se fabricaron en sótanos de edificios de viviendas, o huyendo a las afueras de la ciudad.
Los 41 refugios públicos que ya se habían fabricado en agosto de 1937 podían albergar más de 24.000 personas. Uno de estos se hallaba en el barrio de San Antón, en la ladera del Benacantil, con dos bocas de acceso por la casa número 46 de la calle de la Huerta. En sus pocos más de 26 metros cuadrados podían resguardarse un centenar de personas. Pero el 21 de noviembre de aquel año de 1937 un nutrido grupo de gente se quedó fuera de este refugio, junto a una de las entradas, para observar a los aviones enemigos. Tal imprudencia tuvo una trágica consecuencia, pues 37 de aquellas personas resultaron muertas y 60 heridas.
La columna del miedo
Fue por entonces cuando empezó a hacerse habitual ver a diario cómo un grupo de alicantinos cada vez más numeroso abandonaba la ciudad antes del anochecer. Impelidas por el pavor a los bombardeos nocturnos, muchas familias se iban de Alicante una vez acabada la jornada laboral, para regresar a la mañana siguiente. Marchaban al Barrio Obrero, o al Fondo de Roenes (en el actual Colegio Médico), o a las casas de campo de la periferia, o a los pueblos vecinos. En seguida empezó a ser conocida popularmente esta formación de gente atemorizada como la Columna del Miedo. En consecuencia, Alicante se quedaba por las noches medio vacía, aunque eso no impedía que los cines y demás espectáculos públicos siguieran funcionando hasta media noche.
Los que se quedaban en Alicante por las noches marchaban con premura hacia los refugios en cuanto sonaban las alarmas. Para ponerles a salvo del impacto de las bombas, estos lugares se encontraban varios metros por debajo del suelo o en el interior de las laderas de los montes.
Tras las bocas de acceso, los estrechos pasillos solían torcerse bruscamente para evitar los efectos de las ondas expansivas, en el caso de que cayeran bombas cerca de las entradas.
Difícil habitabilidad
La estancia en el interior de los refugios era angustiosa. No solo porque se oían los bombazos y se sentía temblar la tierra, sino porque las condiciones de habitabilidad de aquellas galerías subterráneas se hacían cada vez más incómodas, más desagradables, más agobiantes, según transcurrían las horas. A menudo se pasaban toda la noche allí abajo, en la mayoría de las ocasiones sin nada que comer o beber y sin mantas con que abrigarse, debido a la precipitación con que habían debido acudir al refugio. Muchos de estos sitios tenían iluminación eléctrica, pero la luz nunca era suficiente, ya que las pocas bombillas que había no sacaban de la penumbra a la mayoría de los rincones.
Casi siempre la gente se hallaba hacinada, sentada donde podía, a la espera de que acabase el bombardeo y poder salir a la superficie. Aguantando el olor nauseabundo y creciente que, a pesar de los respiraderos, formaban la humedad, el orín y los excrementos de los niños pequeños.
El año más angustioso
En julio de 1938 eran ya más de cien los refugios construidos en Alicante, capaces de acoger a cerca de 40.000 personas. Para recaudar dinero con que costear las obras, la Junta Local de Defensa Pasiva había redoblado sus esfuerzos, organizando en abril de aquel año una Semana pro-refugios, con la colaboración de varias organizaciones, como la Asociación Local de Mujeres Libres, y posteriormente una exitosa novillada con la que se obtuvieron más de treinta y una mil setecientas pesetas.
Pero fue precisamente ese año de 1938 cuando Alicante sufrió el mayor número de bombardeos y los más sangrientos. Los aviones enemigos, sobre todo Savoias italianos, partían casi a diario de su base en Mallorca para dejar caer sus cargas de muerte sobre los alicantinos, convirtiendo su vida cotidiana en una terrible pesadilla. El 9 de junio estos aviones bombardearon tres veces consecutivas la ciudad. Aunque fue unos pocos días antes cuando Alicante vivió su momento más trágico y doloroso. El 25 de mayo más de trescientas personas murieron cuando las bombas cayeron en la plaza del Mercado Central y en otros lugares concurridos de la ciudad. Muchas de aquellas víctimas civiles eran mujeres y niños.
Auténticos monumentos
Al acabar la guerra, Alicante había padecido 71 bombardeos. Como consecuencia de ellos, murieron 481 alicantinos, 790 fueron heridos y más de setecientos edificios de la ciudad habían sido destruidos o dañados. Bajo los escombros quedaron los refugios, inservibles una vez que dejaron de caer bombas desde el cielo. Con el tiempo fueron cerrándose sus bocas de acceso, cayendo sobre ellos el manto del olvido. También las numerosas pintadas que indicaban en las fachadas cómo llegar a aquellos agujeros salvadores fueron desapareciendo paulatinamente. Durante los últimos 73 años han permanecido la mayoría de estos asilos enterrados bajo capas de asfalto u hormigón.
Testigos mudos y escondidos de nuestro pasado reciente más funesto. Auténticos monumentos que, en la medida de lo posible, habría que recuperar, para mostrar a las generaciones presentes y venideras esa parte de nuestra historia colectiva que nunca deberíamos repetir.
Excavados en roca o en tierra arcillosa
La mayoría de estos refugios estaban excavados en roca o en tierra arcillosa, a veces con revestimiento de obra o mampostería; pero algunos eran del tipo de losa de hormigón armado, más conocidos como búnkeres. Tenían entre una y cinco entradas, con galerías de una altura suficiente para permitir el paso sin necesidad de agacharse, entre 1´80 y 2´20 metros; aunque había uno (en los Pozos de Garrigós) cuya galería alcanzaba los 8 metros, debido a que era realmente un aljibe. Sin embargo, la anchura de estas galerías no era siempre suficiente para permitir un acceso rápido cuando la gente, desesperada, se agolpaba en las entradas. Contaban los pequeños con uno o dos respiraderos, y hasta con 50 los más grandes. Los había de tan solo 15 metros cuadrados de extensión, pero otros debían superar los 200. Algunos solo podían acoger a unas pocas decenas de personas, como el que había en el subsuelo de la calle García Hernández, con un máximo de 40, pero al menos media docena podían albergar a más de mil personas, como el que había bajo las plazas de Quijano y del Carmen, con capacidad para 2.500; si bien lo superaba el que se hallaba en la Cantera, en las instalaciones de la Campsa, pues se dice que en él podían resguardarse 5.000 personas, aproximadamente. Varios de ellos fueron ampliándose hasta unirse.

 http://www.diarioinformacion.com/alicante/2012/12/13/testigos-enterrados-historia/1323792.html

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