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domingo, 19 de julio de 2015

Los falangistas de la Vega Baja. La “Invasión de Alicante”.

Los falangistas de la Vega Baja. La “Invasión de Alicante”.

Del libro: La II República y la Guerra Civil en Orihuela, vistas desde el Puente de Rusia. Cap. 5. 6. Antonio José Mazón Albarracín
Desde que en 1935 estableciera su delegación provincial y primer núcleo alicantino en Callosa de Segura, la relación de la Vega Baja con Falange Española fue muy especial. Al acto de fundación en el Cine Imperial, asistió el propio José Antonio Primo de Rivera arropando al jefe provincial, José María Maciá Rives “el Pollo”, conocido industrial callosino del ramo del cáñamo. Pronto, el partido se fue extendiendo por toda la Vega, con sedes en Orihuela, Rafal, Bigastro, Redován, Almoradí, Cox, Rojales, San Fulgencio, Torrevieja, etc.

La junta local oriolana estaba liderada por Juan Bellod Salmerón y Antonio Piniés Roca de Togores, Barón de la Linde, que alcanzó la jefatura. Estos grupos locales, celebraban reuniones periódicas, donde recibían doctrina y entrenamiento físico para la futura lucha armada. A pesar de su escasa repercusión y de no obtener ni un diputado en la provincia de Alicante, los falangistas se hicieron notar a base de parafernalia, fervoroso discurso y, sobre todo, de acciones violentas perpetradas antes del alzamiento.
En las ciudades, la victoria del Frente Popular espoleó a numerosos militantes de “Acción Popular” y de la Derecha Regional y Agraria, para enfundarse la camisa azul y lanzarse a hostigar a socialistas, comunistas y anarquistas en una estrategia provocadora claramente planificada. Pero la mayoría de los falangistas reclutados en las partidas rurales, al menos los de la Vega Baja, se enrolaron con otras motivaciones.
Durante la campaña de febrero de 1936, la derecha convenció a su electorado de que la victoria frentepopulista traería la revolución y el comunismo, destruyendo la familia y la religión católica, fundamentos básicos de la sociedad rural. Perdidas las elecciones, Falange Española fue la reacción al fracaso de los políticos conservadores y a la amenaza del movimiento obrero, atrayendo a jóvenes arrendatarios, seducidos por las promesas de los terratenientes y dispuestos a defender la propiedad de la tierra que cultivaban, aunque no fuese suya.

En 1933, José Antonio Primo de Rivera, había conseguido un acta de diputado por Cádiz, a través de una candidatura monárquica, denominada Unión Agraria y Ciudadana. Al no revalidar su escaño en
las elecciones de 1936, perdió la inmunidad parlamentaria y fue detenido el 14 de marzo. El 5 junio, llegó de Madrid a la prisión de Alicante. Con él permanecían recluidos su hermano y varios dirigentes de Falange, entre ellos, el citado jefe provincial José María Maciá.

El traslado de Primo de Rivera, probablemente alargó su vida unos meses, pues de otro modo habría muerto, casi con seguridad, en una de las sacas efectuadas en la capital. Sin ir más lejos, su abogado defensor, el famoso político Melquíades Álvarez, fue asesinado el 23 de agosto, en el asalto que las milicias efectuaron a la Cárcel Modelo.

Durante la primavera de 1936, el Gobierno clausuró las sedes de Falange Española, cerró sus periódicos y detuvo a sus dirigentes, pasando el partido a la clandestinidad. Pero eso no fue obstáculo para que cientos de jóvenes de la Vega Baja abrazaran la causa de Primo de Rivera. Teniendo en cuenta la conservadora mentalidad rural basada en la propiedad y en los conceptos de religión y orden inoculados por los sindicatos católico-agrarios, no es de extrañar que la comarca del Segura fuese presa fácil de la grandilocuente oratoria patriótica que ofrecía el movimiento nacional-sindicalista.
En Orihuela, dos falangistas destacaron notablemente en los meses que precedieron al conflicto y ambos lo pagaron muy caro.
Domingo Serna Pamies era un tipo violento, mecánico de profesión. La primera noticia que encontramos en prensa data de 1935, cuando en un partido de fútbol celebrado en Torrevieja, se involucró en una pelea mordiendo al acomodador del campo. Su camarada Carlos Senén Valera, era funcionario del Ayuntamiento, fugaz miembro de la Gestora Radical y cuñado de José Mazón Torrecillas. Ambos fueron detenidos por primera vez el 4 de mayo de 1936, circulando en automóvil por la Corredera, en dirección prohibida, mientras vitoreaban a Falange Española, partido ya por entonces ilegalizado.
El 1 de junio, Serna fue de nuevo apresado y acusado de fascista por promover un altercado, de madrugada, en la calle de la Feria. Cinco días después, ambos camaradas se encontraban en el Bar Zara y Serna sostuvo una sonora discusión con el socialista Manuel Moya por motivos políticos. Citados en el callejón del Molino de Cox, pelearon, llevando Moya la peor parte. Serna y Senén volvieron tranquilamente a dicho establecimiento y, avisados por Moya, pronto llegó un grupo de jóvenes izquierdistas que organizaron un fuerte escándalo en el que Luis Pedrera casi le parte la cabeza a Serna con una silla. Para evitar males mayores el inspector detuvo de nuevo a la pareja de falangistas. El 8 de junio, Serna recibió una multa de 206 pesetas, impuesta por el Gobierno Civil, por infracción del orden público.
Cuando comenzó el alzamiento, los dirigentes falangistas alicantinos, Antonio Maciá Rives -hermano de José María-, José Ibáñez Musso -jefe local en Alicante y Carlos Galiana, llevaban semanas tramado la liberación del líder y del resto de sus camaradas presos. En las reuniones celebradas en el Hotel Victoria, ofrecieron a un centenar de hombres de la Vega Baja dispuestos a empuñar las armas contra la República. La insurrección militar precipitó sus planes y el mismo 18 de julio, Antonio Maciá se entrevistó con José Antonio Primo de Rivera en la prisión. La Jefatura de Alicante, había recibido la orden de concentrar a las milicias en los puntos estratégicos de cada localidad. Según las memorias de José Mallol, dirigente falangista de Muchamiel, la señal convenida sería una palmera de fuegos artificiales lanzada desde el Castillo de Santa Bárbara y la contraseña de identificación, la palabra “rambla”.
A las diez de la noche, los grupos estaban concentrados esperando órdenes, situándose los de Orihuela en el Palmeral. Allí esperaron durante horas, hasta que se ordenó la desmovilización. En el Archivo Municipal, hemos encontrado este curioso aval de posguerra, que lo certifica.
“El camarada Manuel García García, de 22 años de edad, soltero, natural de Benferri y vecino de Orihuela con domicilio en la calle de Santiago nº 29, es persona de magnífica conducta y antecedentes, que con anterioridad al G.A.N. pertenecía a la F.E. y de las J.O.N.S., y al estallar este, junto a los demás elementos de su escuadra, se concentró en el paraje denominado “el Palmeral” donde permaneció hasta que recibieron orden de retirarse, por haber fracasado el Movimiento en la provincia, marcándose entonces a su domicilio donde permaneció semioculto hasta que fue movilizada su quinta por el ejército rojo (…) al ser destinado al frente desertó, permaneciendo oculto hasta la total liberación de España, tomando parte activa en la liberación de esta Ciudad, en la que desempeñó el cargo de agente de policía, a las órdenes del Comandante Militar de la Plaza”.
Hay quien dice que a pesar de ser advertidos, continuaron con el plan. Lo cierto es que a las cuatro y media de la tarde, más de sesenta falangistas partieron hacia Alicante con material sanitario y escaso armamento (media docena de escopetas de caza, algunas pistolas y un hacha), dispuestos a liberar a sus jefes y someter la capital de la provincia a las órdenes de los militares sublevados en el Cuartel de Benalúa. En las cercanías de Santa Pola se averió la camioneta; los que pudieron se apretaron en el camión, dejando a seis o siete pasajeros con la promesa de volver a por ellos, circunstancia que nunca ocurrió y que a la postre les salvó la vida. Los demás continuaron, pero las penurias no habían hecho más que empezar.

A cuatro kilómetros de Alicante el camión se quedó sin gasolina y tuvieron que conseguir cinco litros a costa de un autobús que circulaba hacia Cartagena. Mientras solucionaban la situación, el automóvil de
Maciá se adelantó dirigiéndose de nuevo a la prisión para ultimar instrucciones ordenando que se detuvieran a dos kilómetros de Alicante y buscasen combustible para recoger a los que habían quedado en Santa Pola. El pelotón se apeó cerca de Babel, en el paraje conocido como “los doce puentes”.

Algunos supervivientes cuentan que los cánticos, los brazaletes rojinegros y las camisas azules, alertaron a la población antifascista que rápidamente puso en aviso a las autoridades. Otros hablan de que, antes de salir de Callosa, ya les habían delatado con una llamada al Gobierno Civil.
Lo cierto es que informados de sus intenciones, en Alicante les esperaba un nutrido contingente armado formado por guardias de asalto, guardias civiles, carabineros y miembros de los sindicatos obreros. Tras un breve tiroteo en el que resultaron heridos dos falangistas y un guardia de asalto, 61 integrantes del comando fueron detenidos y trasladados al Reformatorio de Adultos de Alicante. El resto, entre ellos Antonio Maciá, Galiana y casi todos los cabecillas consiguieron escapar. La sublevación militar había fracasado en la capital de la provincia y los militares leales del Cuartel de Benalúa habían abierto sus puertas y repartido armamento entre los milicianos antifascistas. Nuestros jóvenes reclutas, algunos menores de edad, simples agricultores y la mayoría analfabetos, sólo fueron carne de cañón llena de idealismo y utilizada torpemente por sus dirigentes.
Según Vicente Ramos, algunos falangistas oriolanos que habían salido para Alicante, bajo las órdenes de Antonio Piniés, pudieron regresar tras sufrir diversas vicisitudes. Piniés fue detenido en Villena y sus camaradas de Orihuela fueron cayendo, poco a poco, gracias a los listados de militancia confiscados en su domicilio.

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