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lunes, 8 de septiembre de 2014

Cruz de los Caídos de La Vila Joiosa (Villajoyosa).



Cruz de los Caídos de La Vila Joiosa (Villajoyosa).


Sesión de 11 de Mayo 1939


  • Municipio: Villajoiosa
  • Sesión: Ordinaria
  • Fecha: 1939-05-11. 1ª convocatoria
  • Hora:19:00
  • Nombre del Alcalde: Miguel Urrios Pérez
Acuerdos:
  • Para conocimiento de la Corporación y debido cumplimiento son leídas las siguientes disposiciones oficiales: Orden de 12 de Abril de 1938 (BO 5 de Mayo) sobre nueva nomenclatura de calles [...].
  • Para cumplimentar orden telegráfica del Excelentísimo Sr. Gobernado Civil, se acuerda proponer para que formen parte de la Comisión Local de Subsidio al Combatiente a los vecinos, D. José Vaello Zaragoza y D. Juan Tonda Lloret.


  • Se acuerda tomar en consideración la patriótica iniciativa expuesta por el Sr. Comandante Militar en la Provincia en oficio de hoy de elevar en esta ciudad un monumento en memoria de los caídos por el Glorioso Movimiento Nacionalista, quedando facultado el Alcalde para que de acuerdo con dicha autoridad realice las necesarias gestiones al efecto.

  • Se acuerda por último adquirir informes sobre casas de campo que puedan servir para instalación del Hogar de Amigos Ancianos, según interesa al Sr. Gobernador Civil en telegrama de hoy.



Sesión de 17 de Mayo 1939


  • Municipio: Villajoyosa
  • Sesión: Ordinaria
  • Fecha: 1939-05-17. 1ª convocatoria
  • Hora:19:00
  • Nombre del Alcalde: José Vaello Zaragoza
Acuerdos:
  • Se da lectura para conocimiento de la Corporación y debido cumplimiento a las siguientes disposiciones oficiales: Circular del Sr. Gobernador del 7 del corriente sobre relación de expedientes y depuración de personal [...].
  • Se procede a la designación de delegaciones municipales que para mejor organización de los servicios tendrían facultades de designar subdelegados auxiliares, quedando nombrados: D. Jerónimo Zaragoza para Hacienda Municipal; D. marcos Lloret Lloret, Abastecimientos y Transportes y D. Juan García Torach, Instrucción Pública, Sanidad y Beneficencias.
  • Se acuerda abrir suscripciones públicas en la Depositaría Municipal para el Monumento a los Caídos por la Causa en la provincia y restauración del Glorioso Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza en Andújar.

“Cruz de los Caídos” con la nueva inscripción realizada durante los años 80. Fuente: Autores del blog
  • El Sr. Alcalde da cuenta de haber recibido un ofrecimiento de la Industria de Pescados de aportar semanalmente mil pesetas para actuaciones municipales y de paro obrero debiendo adoptarse por la Intervención la forma más conveniente para contabilizar dichos ingresos, dando cuenta a la Comisión.
  • Es designado el vocal D. Juan García Torach, representante de la Gestora en la oficina local de colocación obrera, cuya organización reabrirá la FET de la JONS.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Cruz de los Caídos de Petrer

Cruz de los Caídos de Petrer.


PETRER

Treinta años ´caídos´ en el cementerio

Los fragmentos de la Cruz de los Caídos fueron trasladados en 1982 desde el colegio Primo de Rivera

Treinta años ´caídos´ en el cementerio

Treinta años ´caídos´ en el cementerio  

Memoria histórica. Los bloques que formaban la Cruz de los Caídos del colegio Primo de Rivera y que se trasladaron "provisionalmente" al cementerio en 1982, llevan 30 años tirados en el jardín sin que nadie se responsabilice de ellos.

N.SOLER A las puertas del cementerio municipal de Petrer, en las inmediaciones de la carretera Antigua a las afueras del municipio, unos grandes bloques de mármol se amontonan de forma descontrolada en el parque de entrada al recinto sagrado, frente a las puertas de acceso. Desde lejos, los restos parecen que procedan de alguna obra arrojados sin ningún tipo de control y lo que no hacen sino que ensuciar la imagen del paraje, una pequeña zona, rodeada de matorrales, flores y árboles.
Una vez cerca del jardín se puede observar que lo que parecían materiales de alguna obra o bloques de piedra natural procedentes de alguna excavación de mármol son restos de la antigua Cruz de los Caídos, que se encontraba ubicada en el antiguo colegio Primo de Rivera en pleno centro urbano de Petrer. Entre los grandes bloques de mármol, una multitud de elementos decorativos adornan los restos. Así, si uno se para a observar puede apreciar distintos matices característicos de la época franquista. Por ejemplo, y el más llamativo, ya que se conserva en muy buen estado, es el escudo franquista representación máxima de la dictadura del general Francisco Franco, que se duró más de 35 años.
El bloque, donde se aprecia el escudo con el águila y bajo el lema "Una grande libre", no deja lugar a dudas de que se trata de los restos de la cruz. Un emblema construido tras la guerra civil en la mayoría de ciudades españolas donde acaeció la contienda y que servía en el municipio para rendir homenaje a los fallecidos durante la guerra civil, que enfrentó al bando de los republicanos con los militares que luchaban bajo el mando del dictador Francisco Franco.
Con la entrada del gobierno socialista al país a finales del año 1982, en lo que fueron las segundas elecciones democráticas tras la larga dictadura de Franco, la Cruz de los Caídos fue traslada al cementerio municipal donde actualmente se encuentra y según afirman desde el Ayuntamiento, colocada en su posición original, hace 30 años. Sin embargo, todo apunta que el paso del tiempo y el poco mantenimiento y dejadez de los grupos políticos que han pasado por el equipo de gobierno en Petrer, provocó que la escultura se desprendiese, manteniendo su estado actual. Un estado que a nadie en el municipio parece importar ya que aparece llena de pintadas.
Aunque presumiblemente el dejar los restos en el cementerio era una medida provisional para colocar los restos de la cruz de los caídos en una zona apartada del municipio que no provocasen un conflicto político en los residentes, hace ya más de 30 años que están arrojados "ensuciando" el entorno y parece que la zona se convertido en la única solución.
La dejadez por parte de los grupos políticos ha estado patente en los equipos políticos que han gobernado en el municipio de Petrer durante los 30 años que este emblema ha estado a las puertas del cementerio. Y es que, y pese a que entre los petrerenses no es grato recordar la cruz de los caídos, puesto que la mayoría lo rechazan, el parque de un cementerio no es lugar para dejar los restos de la memoria histórica, independientemente de que los restos históricos quieran o no ser conservados.



viernes, 5 de septiembre de 2014

La cruz de los Caídos de Villena

1939 LA CRUZ DE LOS CAÍDOS 18 DE JULIO

El 18 de julio fue declarado fiesta nacional y siguió siendo durante toda la dictadura y hasta el año 1977. Se celebraba con numerosos actos conmemorativos y festivos en todo el país y los trabajadores recibían ese día una de las pagas extra a que tenían derecho y que era conocida como «paga del 18 de julio».
Foto cedida por... Salvador Pérez Bellod
La cruz de los caídos por dios y por España en el Paseo Chapí, al fondo a la derecha se puede ver el monumento a Chapí anterior al que conocemos, mas tarde fue trasladada a la Plaza de las Malvas y actualmente esta cruz está en el cementerio.Foto extraída de la Revista Azul de 1939
LA CRUZ ITINERANTE...
Paseo Chapí... años 40
 Plaza de las Malvas... años 70
(traslado en 1980) Cementerio... año 2012

lunes, 1 de septiembre de 2014

BUSCATESOROS DE LA GUERRA CIVIL

Por Fernando Bernal 
Aunque ahora estemos a vueltas con el tema de la Transición, si hablamos de Guerra Civil en el 99% de los casos saltan chispas. Pero hay gente empeñada en que la memoria del conflicto siga viva en el buen sentido (dejando a un lado las heridas) y en conseguir que el patrimonio que se generó del 36 al 39 se conserve en buen estado.
Ricardo Castellano, abogado e historiador militar, es uno de los pioneros en rastrear y catalogar los restos de la guerra. No hay muchos como él: “Somos cuatro y el del tambor”. Su campo de trabajo al frente del Colectivo Guadarrama es Madrid y alrededores, terreno que lleva pisando desde hace 15 años. Se siente un poco como Sherlock Holmes. Primero trabaja sobre planos y mapas que se encuentran en los archivos. Documentos que le sirven para plantarse en el terreno y dar con un búnker (construcciones subterráneas) o con una fortificación de las que se usaron en las batallas.
A veces han estado ocultas en propiedades privadas, y no interesaba que se descubrieran “porque se prefiere no tocar las narices”. Otras, estaban ahí y nadie había encontrado la forma de acceder a ellas. En uno de sus últimos trabajos, ha catalogado entre 1.500 y 2.000 restos precisos sobre tierra. Sobre los búnkeres asegura que “bajo tierra hay muchísimo que descubrir y explorar, restos muy importantes”. Algunos, verdaderas obras de ingeniería preparadas para resistir bombas de aviación de cien kilos.
Este veterano buscador de tesoros bélicos, autor de varias publicaciones, nos habla de los 'detectoristas' que salen por su cuenta y riesgo al campo, con su aparato para rastrear metales, y que creen que granadas o proyectiles son un tesoro tan valioso como para llevárselo a casa y jugarse la vida. Una actividad que, pese a todo, sigue teniendo sus incondicionales.
VICE: ¿Cómo empiezas a rastrear fortificaciones y búnkeres?
Ricardo Castellano: Desde los 16 años he tenido interés por el tema de la Guerra Civil. Tuve un accidente en el 95 que me supuso un parón de trabajo y recupere lecturas que tenía pendientes. Me fue picando el gusanillo y, aprovechando que tenía tiempo hasta que me dieran el alta, empecé a recorrer campos de batalla. Sentía curiosidad. Me dí cuenta de que no había información. Me parecía una cosa increíble que nadie hubiera tenido interés, salvo una publicación de la Comunidad de Madrid de 1987. A partir del 1996 empecé a salir al campo. En 1998 un amigo me explicó lo que era un GPS, y me importé uno de EEUU que me costó 50.000 pesetas. Me dediqué a tomar la coordenadas de los vestigios y a investigar en archivos. Desarrollé una técnica propia de localización...
¿En qué consiste?
No me interesaban las batallas, si no la 'fotofinish'. Cuándo se habían hecho las fortificaciones, quién las había construido y por qué. Para poder trabajar mejor en las salidas al campo, fotocopiaba los microfilms interesantes, hacía un proceso de corta-pega de las fotocopias, montaba los planos en mi casa, los escaneaba y a través de un sistema de capas, calaba los mapas de la guerra sobre los mapas actuales. Quedaban reflejados los frentes y dónde estaban las posiciones de unos y otros. Así salía al campo a tiro hecho. Luego ha habido otras técnicas, como usar Google Maps, que te dan una visión aérea del terreno, pero no te dicen dónde hay que ir. No valen en un bosque, por ejemplo. Está bien para los caza-búnkeres, pero no para los que quieran tener una visión histórica del asunto.
¿A qué te refieres con 'caza-búnkeres'?
Yo empecé en el 98 a inventariar en serio lo que iba encontrado; y en 2005 montamos la asociación. En todo ese tiempo, se desarrolló Internet, que puso en contacto a personas con intereses comunes que salieron a buscar restos. Era algo para connoisseurs que fue llegando a otras capas de la sociedad y ahora llevamos 6 o 8 años que ha calado. Hay gente que organiza rutas y auténticos listillos. Hay una persona que cogió algunos libros, entre ellos los míos, y se los pulió para hacer unas rutitas de la Sierra de Guadarrama. Nos chuleó completamente.
¿Quedan fortificaciones por descubrir?
Por supuesto, aunque no serán los más espectaculares. Porque en 15 años que llevamos entre decenas de personas recorriendo los campos de batalla ya se hubieran descubierto. Pero donde está el verdadero tesoro oculto es en las construcciones subterráneas, porque no son evidentes, ni aparecen en los mapas. Hablamos de refugios anti-bombardeos, de lo que hay poca documentación.
O sea que en Madrid capital es posible que tengamos búnkeres bajo nuestros pies...
No es posible, es que los hay y muchos. Hace un par de meses contacté con una persona que había publicado en un blog el acceso que había tenido a una construcción subterránea, que yo conocía y a la que no había podido entrar. Está en la calle Artistas y se programó para 5.000 personas. Se empezó y hubo que reducir el proyecto a 2.000 y acabaron siendo cuatro refugios para 500 personas. Esa información la tenía y me encuentro que alguien publica fotos. Era un funcionario del Ayuntamiento que trabajaba en la red de alcantarillado y por eso tuvo acceso.
Y ¿algún sito más como éste que te intrigue?
Sí, he intentado dar pasos para acceder al llamado Refugio Osram, que estaba anexo a la fábrica de bombillas, por la zona de Atocha. Son dependencias de la Comunidad las que ocupan la fábrica, que antes estaba rodeada por campo. Allí se construyó uno de los refugios más grandes, con hormigón armado, estancias amplias... y no sé si eso sigue existiendo...
¿Cuánto se tardaba en construir uno de estos refugios?
Los cálculos se hacían en días-hombres. Pero había que tener en cuenta que se estaba en guerra. Cortes de suministro eléctrico, escasez de mano de obra... En algunas de las construcciones se utilizó el escafilado de ladrillos...
¿Qué es eso?
De edificios derruidos se cogían los ladrillos y se retallaban para darles una nueva forma y utilizarlos para los construcción. Con todos los medios, a lo mejor un refugio de cien personas se tardaba en hacer un mes o mes y pico. Los más complejos, los que necesitaban maquinaria, unos cuatro meses.
Volviendo al campo: hay gente que todavía sale por su cuenta a buscar 'recuerdos' de las batallas.
Eso es muy delicado. Existe una ley del 85, en la que se regula el uso de detectores de metales, pero cada Comunidad hace su propia interpretación. La tendencia es a prohibir, como sucede en general en España. Si me preguntas por restos materiales de la Guerra Civil, (proyectiles, vainas, aperos...) por supuesto que hay. En los 2000 los grupos de la Guardia Civil desactivaban 1.400 proyectiles al año. Una media de casi cinco al día. Era el principal trabajo de los Tedax, más que el terrorismo de ETA. Hubo heridos y muertos por esto. Hay mucho imprudente que va con el detector de metales y descubre algo y, en vez de llamar a la Guardia Civil, se lo lleva a casa. Intentan serrar el multiplicador y en algunos casos eso revienta y te hunde una casa o te mata.
¿Y qué solución hay para esto?
Siempre he dicho a todo el mundo que sale por ahí que si va con un detector que más le vale llevar permiso. Antes se amparaban en que se podía extraer del suelo todo aquello que tuviera menos de cien años. Y luego hay ciertas interpretaciones. Si lo que encuentras está cerca de un yacimiento arqueológico, si está en un Parque Natural... Si preguntas a la Comunidad te dirá que no se puede sacar nada, pero yo conozco gente que sale con detectores. Lo que sucede es que el 'detectorista' de la Guerra Civil no es un saqueador de yacimientos de tesoros de la historia, eso no le interesa. Le interesan las granadas, la munición... el riesgo es para él, no para el patrimonio.
¿Qué valor tienen esas piezas?
Hay un valor de mercado, pero no elevado. No sé, una granada de mano, pulidita, puede alcanzar los 60 euros. Se cotizan mucho los cascos bien conservados... pero no son cosas caras. Hay poca gente que viva de esto en España. No deja mucho margen.

jueves, 28 de agosto de 2014

Primera exhumacion de los restos de José Antonio Primo de Rivera


Primera exhumación de los restos de José Antonio Primo de Rivera


El 4 de abril de 1939, tres días después de la liberación de Alicante, poco después de la una de la tarde, en un acto sencillo, Miguel Primo de Rivera, Pilar Millán Astray y pocas personas más, presenciaron el descubrimiento de la tumba , reconocieron los cinco cadáveres contenidos en ella y, con el máximo honor, ya en sus féretros, trasladaron los restos de los Caídos de la fosa quinta a otros tantos nichos.



lunes, 25 de agosto de 2014

Cuando las armas sustituyeron a los zapatos (III).

http://petreraldia.com/reportajes/cuando-las-armas-sustituyeron-a-los-zapatos.html/3

Miguel «Cabrochu» me apareció un día cualquiera, en la «cuesta de La Tenderina», ba­rrio en el que se encontraba la Fábrica Nacional de Armas, en la que trabajaba y vivía cerca. Nos identificamos. Me llevó al taller de Carpintería de Jesús Granda, capataz que fue de la «made­ra» en el «montaje» de los fusiles y afloraron también los recuerdos. Al vasco Miguel Gimeno lo pude localizar, en una ocasión única (1943) que pasé por Eibar, donde vivía y regentaba un modesto negocio familiar, dedicado a la fabricación de cañones para escopetas. Son todo re­cuerdos.
Precisando
El complejo al que me referido en este traba­jo es lo que se conoce como la «Ciudad sin ley», en el Petrer actual. Me he permitido sa­tisfacer este trabajo, con unas fotografías que representan lo que hoy es este lugar, motivándolas con algún texto aclaratorio, al pie de las mismas, de lo que fueron. Posiblemente este sitio, será objeto de modificaciones urba­nísticas —próximo futuro— dado las posibles actuaciones que se tienen previstas, en luga­res cercanos a este recinto.
De la Fábrica de Armas —parte de la his­toria de este pueblo— es posible que no de­jen huella alguna de este hecho irrepetible. Lo considero normal. De «Luvi» — reminiscencia próxima importante que fue de nuestra actividad fabril más significativa, los calzados, ejemplo que me permito asemejar a este lugar—, no queda señal alguna notoria. Es otra cosa. La creo más representativa para el pue­blo. Estimo lamentable el ovido, si al final que­da definitivo. Sin afanes pretensiosos, espero que mi relato y fotografías ilustrativas, pue­dan rememorar modestamente otros tiempos algún día. Menos es nada.

Se aprecian las ampliaciones que hubieron de hacerse por necesidades complementarias. "Empavonado", "Almacén", "Economato", etc. y en medio de las primeras, estuvo la entrada al "Refugio". Las fotos son de julio de 2003.
Hubo otra fábrica instalada en lo que fue García y Navarro, dedicada a la produción de carcasas de proyectiles de cañón y alguna otra más en Elda con los fines militares espe­cíficos de las mismas. Desconozco pormeno­res. Mis recuerdos he intentado remitirlos a los vestigios que fueron vividos exclusivamente por mí. Petrer ha crecido. 31.000 habitara creo tenemos y estamos a mediados del 2003 ¡Y sigue!..
JOSÉ MARÍA NAVARRO MONTESINOS
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Las personas
Me voy a referir a las que tuve un contacto más directo, por su proximidad o colabo­ración mía en los trabajos generales. A mi izquierda estaba quien llegó a ser un ami­go entrañable, en la niñez como en la ado­lescencia. Claudio Román fue el aspirante que mejores notas sacó para el ingreso co­mo aprendiz. Era aplicado y listo, aunque re­traído. Carácter de apreciada bondad amis­tosa, era estimado en los ámbitos en los que se movía. Murió sin haber cumplido los 20 años, como consecuencia de una tuber­culosis. Terminada la Guerra Civil Españo­la transcurrieron años muy paupérrimos, habiéndose asentado en nuestro pueblo— durante un alargado periodo de tiempo— un ambiente empobrecido y misérrimo, pro­piciando el advenimiento de esta enferme­dad funesta. Lo cuento con mayor detalle en mi libro «Nacer y Vivir en Petrer» de mis «memorias», que fue editado en Enero de 2002.
A mi derecha José Ramírez —un año más que yo— era un valenciano que vino con su familia procedente de Castellón, los más co­mo operarios de la fábrica, pues, ya lo vení­an siendo. Hicimos buena amistad y termi­nada la contienda lo visité alguna vez en su domicilio de Valencia. A su derecha un «tor­nillo» sin ocupar, para trabajos circunstan­ciales, se encontraba en situación de dispo­nible.
El tornillo de enfrente de Claudio, en «teoría» pertenecía a José León Jover—conocido por «Clemente»— (otro aprendiz amigo de la in­fancia agregado a esta sección, pero ejer­ciendo su misión fuera de la misma, al tener su lugar de trabajo en el «probadero» de los fusiles, como auxiliar de un oficial especializado, del que sólo recuerdo su mote—»el Cuervo»— de talante afable y dicharachero como buen asturiano).
El siguiente estaba ocupado enfrente del mío, por un vasco característico. Deogracias Landeras era su apelativo formal. De acusada personalidad y talante amable y expresivo, era alto y corpulento y yo aprendía con sus consejos. Sufría una úlcera de estómago, que lo hacía rabiar en determinadas situaciones. No habían en aquellos tiempos lejanos medios farmacéuticos que aliviaran el dolor, como ahora poseemos. Había que ver a una persona de volumen como ésta, revolcarse en el pavimento del piso, encogiendo y contrayendo su amplia musculatura, intentando minimizar el sufrimiento horrendo que padecía a menudo. ¡Impresionante!
Guardo de este personaje singular una anécdota que me afecta. Intento contarla pretendiendo amenizar el relato. La nave del «Montaje» propiamente dicha, con un anexo para los delineantes, ocupaba el completo del espacio alto, de lo que fue la Fábrica de Calzados de Alfonso y Francisco Chico de Guzmán.
En invierno para mitigar el frío, se disponía de un barril circular de chapa metálica dura, que situado en el centro de la nave, quemaba el sobrante de la madera con la que se hacía la culata del fusil y de vez en cuando, nos acercábamos al calor de sus llamas a la vista, para calentar las manos al menos, aliviando su frialdad.
Yo me personaba al puesto de trabajo, vestido con una cazadora como abrigo, que me quitaba —quedándome en mangas de camisa— para ejecutar mi trabajo habitual, delante del tornillo de mi puesto de trabajo. Pasaba frío. Un día Deogracias Landeras, con sorna graciosa y aprecio manifiesto, me espetó sorprendiéndome: «¿La cazadora, la guardas para el mes de Agosto?»… Asimile la lección y ya más no me la quité.
A continuación del vasco, un castellonense de Villarreal de apellido «Gozalvo», ocupaba el «tornillo» correspondiente. Procedía de una familia muy industrial —importante— dedicada a la construcción de carrocerías para camiones. Al parecer este apellido aún se vincula por aquellos lares con este tipo de industria significativa. Sobria amabilidad y pocos deseos de comunicación excesiva —apreciación intrascendente de mi parte— parecían dar a entender sus resentimientos, respecto de cómo hubo de afrontar su familia, cómodamente instalada posiblemente, las contrariedades propias de la guerra civil. Buena persona y competente en sus obligaciones, favorecía nuestro aprendizaje en cuanto podía. El capataz de esta parte de la sección, dedicada al ensamblaje de las piezas metálicas del fusil —cañón al que se había incorporado el «punto de mira», caja de meca­nismo y percutor unido al gatillo— se llamaba Miguel Peirats, que procediendo de Castellón, se trasladó a Petrer con su familia al completo.
Inherente a esta fracción de la Sección, ha­bía un apartado de la misma, con dos ope­rarios —oficial vasco especializado y ayu­dante asturiano muy competente— dedica­dos a un trabajo muy peculiar, como era la comprobación del enderezado del conducto del cañón por el que sale la bala cuando se dis­para el fusil. Ambos con el mismo nombre de pila. El vasco Miguel Gimeno, procedente de Eibary el asturiano de Oviedo, Miguel tam­bién, que lo distinguíamos por «Cabrochu», apodo típicamente astur.
No me resisto a contar un incidente en esta sección, en el que estuve involucrado acci­dentalmente, que pudo tener consecuencias graves para mi persona. Lo explico. En principio el oficial —valiéndose de su ex­periencia y buena vista—verificaba si en el conducto interior del cañón, por el que habría de salir la bala al ser disparada, se apreciaba alguna sombra perturbadora, cuestionando su pureza y rectitud, que el especialista pro­curaba corregir con su pericia profesional, —con una prensa singular que disponía al efecto— dando suaves golpes para endere­zar, en el lugar determinado del cañón que la vista le indicaba como conveniente. Posteriormente, con la caja de mecanismo completa incorporada al tubo del cañón, la comprobación consistía en ver si el conduc­to, se encontraba en buenas condiciones. Pa­ra esto, se sujetaba el conjunto fuertemente en un tornillo de banco. Se hacía trabajar el percutor introduciendo una bala sin pólvora, especial para este menester. Se simula­ba el disparo y si la bala se extraía sin pro­blemas, el arma que se construyera con es­ta base mecánica y automática, iba ser bue­no sin duda y funcionaría bien, que era lo deseable. Previamente se había introducido en el conducto una baqueta metalica co­rriente, para liberar el proyectil en el supuesto de quedar atascado.
Un día hubo un fallo incomprensible, ¿des­cuido?… ocurrió sin más. Entre las balas de «pruebas» se habría mezclado una pieza normal, con pólvora y pistón, que en la prue­ba salió disparada y expulsó la baqueta con fuerza y esta con un sonido silbante —co­mo una flecha terrible—vino hacia mí, pues, la tenía enfrente, rozándome la oreja iz­quierda, incluso produciéndome sangre. ¡Me­nudo susto de todos! ¡Si me hubiera dado de lleno!… Miguel Gimeno descompuesto y en cuanto a mí, no quiero ni pensarlo. ¡Volví a nacer!… suele decirse en ocasiones como ésta. Me consuela haberlo podido contar.
Cuando al cañón se le habían aplicado sus atributos de disparo correspondientes —ca­jón de mecanismo y punto de mira inclusive, con pruebas positivas—, este se llevaba a la Sección de Empavonado que consistía en dar una capa superficial de óxido negro abri­llantado, mejorando el aspecto del conjunto de acero que cubría, evitando su corrosión. Es­ta Sección —atendida por mujeres exclusi­vamente y orientada por una de ellas—, se encontraba integrada a la incumbencia del Montaje.
El pavonado que había penetrado en el inte­rior del cajón de mecanismo, había que eli­minarlo puliéndolo después, dejando un hue­co limpio y brillante. El lugar donde se asen­taba el cerrojo y el gatillo de disparo normal, había de quedar en su pureza inicial. Era un trabajo minucioso delicado —que sustituyendo la lima—se realizaba con pa­lillos especiales de madera fuerte, impreg­nados de una sustancia de esmeril pastosa y dócil para este cometido, que luego se lim­piaba con petróleo. Era una operación que hacíamos los aprendices, con la supervisión y correción de los oficiales. En la otra bancada —los trabajadores de ascendendiente carpintero— se dedicaban a ensamblar manualmente, la culata de ma­dera robusta, a la parte trasera del fusil. El capataz «Jesús Granda» era un asturiano simpático y ocurrente. En esta sección tra­bajaba Antonio Pina, que fue ebanista nota­ble en Petrer, habiéndose instalado terminada la Guerra Civil Española, en la industria y el comercio del mueble, con acierto y éxito, con­dición que perdura asistida por sus hijos. De talante amable y abierto, siempre me dis­pensó amistad y atención preferente, tal vez en recuerdo de aquellos tiempos singulares, de la Guerra Civil Española, que hubimos de compartir juntos. Me complace rememorar­los, en íntimo y postumo reconocimiento, pa­ra quien siempre fue considerado por el vul­go ciudadano, como persona buena y respe­table.
También Vicente «el de Galbis» petrerense «de pro», a quien le profeso sentimientos semejantes de mis recuerdos. Fue oficial en esta sección, aportando a la misma, su pro- fesionalidad y buen hacer en el ramo de la madera.
El completo de esta Sección, madera, metal, delineantes y probadero—»Montaje» en su conjunto—, la dirigía un asturiano singular, estatura mediana, rechonchete en su con­textura, talante amable, abierto y simpáti­co. Se llamaba Paulino Fernández a quien le dedico un recuerdo especial. Era un buen Je­fe. Nos ayudó mucho en nuestra promoción hasta la calificación que obtuvimos como «Aprendices de ajustador adelantados» a la que aspirábamos en nuestro trabajo.

Cuando las armas sustituyeron a los zapatos (II).

http://petreraldia.com/reportajes/cuando-las-armas-sustituyeron-a-los-zapatos.html/2

Esta obligación —la de sacar los escom­bros— duraba aproximadamente una hora o algo menos, y luego cada cual se trasladaba a su lugar del trabajo propio. Personalmente me dirigía a la sección de «Montaje». El «tornillo de banco» segundo, de la «bancada» metalúrgica concreta, era mi sitio. Cada operario poseía el suyo con diversidad de herramientas para el trabajo manual, según su responsabi­lidad, disponibles en un amplio cajón. En el mío como un ejemplo habían: limas de medi­das diversas y sierra para hierro; martillo, com­pases, escuadra, punzón de marcar, calibre o «pie de rey» (ambas denominaciones son fac­tibles), llaves y alicates de diferentes medidas, etc. Inherentes todas a la función que íbamos a desarrollar como «aprendices de ajustador» pues, ésta sería la denominación por la que íbamos a ser identificados.
Nuestra obligación inicialmente fue muy simple. Había que practicar con las limas. Nos en­tregaban unos tarugos cilindricos de acero blan­do (3 cms. diámetro y 8 cms. de alto, más o menos) que sujetos en el tomillo, íbamos desbastando con una lima ancha de grano grueso adecuado, de tal forma que el movimiento fue­ra cada vez más correcto, hasta quedar el re­sultado perfecto, con una superficie horizontal sin clareos ni sombras. Nada fácil al principio, progresábamos con la práctica, estimulados por las comprobaciones —que de vez en cuando, nos hacía el capataz, también el jefe de Sección- verificando nuestros avances en el dominio de la lima. Hacer bien este ejercicio, nos capacita­ba para afrontar con soltura después, cualquier otro trabajo de responsabilidad simple —por nuestra condición auxiliar de aprendices— pro­pios del ajustador mécanico cualificado.
Dos meses seguidos con esta práctica y otras complementarias, nos dispensaron la titularidad simbólica de «aprendiz de ajustador adelantado» a los alumnos destinados a esta sección. Y lue­go nos pasaron a trabajos más comprometidos. Como ejemplos la limpieza del cajón de meca­nismo del fusil, con limas y esmeril especializa­do, trabajo delicado y algunos otros menos re­levantes.
En el caso concreto mío, me asignaron la obligación de tener disponible un buen stok de tornillos pequeños, los hacía manualmente, des­tinados a la sujeción del anillo que iba a soste­ner el «punto de mira». El anillo se acoplaba al principio del cañón del fusil, con el tornillo que yo hacía y el «punto de mira» se integraba a éste, a través de un ajuste —muy metalúrgico por cierto, por la importancia de sus aplicaciones precisas denominado «cola de milano»— que proporciona una espiga en forma de trapecio, más ancha por la cabeza que por el arranque, fa­cilitando un ensamblaje perfecto. Trabajo de apariencia insignificante, pero muy preciso. (He­rramientas que utilizaba para hacer el tornillo: Va­rillas de acero calibradas, terraja con agujero ce­rrado con la que labrar la rosca y sierra para cor­tar los tornillos, las principales). Era yo un mu­chacho de 15 años. ¡Que más se le podía pedir!.
La producción
En la mañana de cualquier día laboral, en la Sec­ción del Montaje, quedaban terminadas 40 uni­dades de mosquetones Mauser—fusil algo más corto— cuya preparación se había iniciado en la tarde de la jornada anterior, llevándose —por nosotros los aprendices— al probadero, para verificar su precisión y eficacia.
El probadero era como un pasillo alargado al aire libre, donde al inicio había un trípode en el que se sujetaban los «mosquetones» uno a uno, en la medida que se iban probando.
Al final del pasillo se situaba una diana con el dibujo circular clásico, para cada una de las pruebas y a la derecha del pasillo había un saliente de protección desde el que el aprendiz José León «Clemente» —en este ca­so— informaba «cantando» en voz alta las excelencias o fallos de la prueba del mosque-tón correspondiente.
«Uno, dos o más puntos a la derecha, iz­quierda, alto, bajo», eran las voces que se em­pleaban según si el tiro se escoraba respecto del centro del blanco, que el oficial especialista as­turiano —el «Cuervo»—, iba corrigiendo con leves retoques del punto de mira, hasta dar con el lugar preciso, que el aprendiz «Clemente», con el grito de «¡diana! daba por bueno.
Era un trabajo muy responsable el de «Cle­mente» al que a veces acompañábamos en su «refugio» del probadero alguno de los otros tres aprendices, practicando nosotros. Claudio, el valenciano Ramírez o yo mismo. Y en ocasiones nos dejaban disparar a nosotros, sin peligro al­guno, pues, el mosquetón estaba muy «aga­rrado» al trípode de pruebas y sólo habíamos de apuntar y apretar el gatillo simplemente.
En los tiempos sobrantes, respecto de hacer la producción diaria, la sección en su conjunto se dedicaba al arreglo de fusiles «Checos», que nos mandaban inservibles por averiados. Nos traían algunas expediciones, que se encontraban depositadas en el almacén al que ya me he re­ferido, cercano a la casa del «tío Mulato».
Eran similares al Mauser español y utilizaban la misma munición. Se desmontaban todas las piezas seleccionando las que podían servir, que se limpiaban y se ponían en situación de buen uso. Con ellas disponibles se montaban los fu­siles que se podían. Los aprendices hacíamos un buen trabajo, desarmando piezas.
En la nave principal de la fábrica, que era la planta baja, se había instalado una sección muy completa de tornos, para hacer los cañones del fusil. Se hacían muchos, más de los necesarios para nuestra producción. Los restantes se man­daban a fábricas de otros lugares. Era la única pie­za que se hacía para el fusil en esta factoría. El resto de las demás a utilizar por nosotros, nos las mandaban de fuera.
En un momento determinado, se inició la instalación de una Sección que se iba a dedicar al montaje de Ametralladoras —pocas se llega­ron a terminar—, antes que la guerra llegara a su fin. Respecto de esta sección, que se montó en una nave exprofeso para este destino, se da la circunstancia, que en en la instalación de las líneas eléctricas, me destinaron a mi —unos dos meses—, como ayudante de los dos técnicos electricistas especializados, pertenecientes a la Subsecretaría de Armamento y con ellos amplié mis conocimientos de electridad, a la que ya era aficionado.
Aquí se encontraba la entrada general al conjunto fabril principal, con un adicional al final, que ya se hizo por la brigada de albañiles estables -los más de Petrer-, destinados a obras nuevas o reparaciones.

Pertenecer a la fábrica de Armamento era un buen «enchufe». Además de cobrar por nuestro trabajo (unas 15 ptas. diarias como aprendices) y saber que en el supuesto de mo­vilizarnos, no íbamos a ir a los destinos de los frentes de combate —pues ya estábamos cum­pliendo un servicio militar cualificado—, dispo­níamos de suministros especiales de comesti­bles desde el Economato instalado para la fábrica, que no se podían comprar en las tiendas del pueblo, totalmente desabastecidas de produc­tos esenciales.
El «chusco» grande de pan diario era segu­ro. Y en ocasiones podíamos adquirir lentejas, arroz y alimentos semejantes, en la medida que el camión con dos operarios a este fin, que exis­tía para ir por los sitios manchegos o valencia­nos —donde fuere— para adquirirlos, los con­seguían y traían. También nos facilitaban sumi­nistros especiales de carne o leche, gratuitos, pues, que estos procedían como ayudas de otros países simpatizantes o solidarios. De la Argen­tina recibíamos unos envíos de carne congela­da enlatada buenísima, que nos chupábamos los dedos al comerla.
En la carne de uso corriente disfrutábamos de ciertas ventajas, pues, mientras que en el pueblo ya se comían burros viejos y desvencija­dos, sacrificados en el matadero local, en el eco­nomato nos dispensaban carne de caballo y el racionamiento era más habitual. Sin manjares, los trabajadores de la fábrica de Armas no pasá­bamos el hambre, que en el resto de la mayo­ría de los ciudadanos del pueblo, sin medios, ya se empezaba a vislumbrar.
Para ir terminando
Además de los aprendices de Petrer que he men­cionado, entre los que me encuentro, hubo tres más que entraron mediante examen también: Jo­sé Valdés Poveda, de la misma edad que la mía; José Amat Azorín «Buch» y Juanito Maestre «Peche», que se exilió con su familia a Elche y allí ha terminado con su vida, al haber fallecido no hace mucho.
Estos aprendices fueron acoplados a la Sec­ción de «Utillaje», muy completa en maquina­ria mécanica, pues, el conjunto de las misma, estaba dedicada al mantenimiento y reparación de las disponibles en general, principalmente las máquinas del resto de la fábrica, destinadas a la función productiva. Era una buena sección en la que se aprendía bastante de mecánica. Sólo quedamos vivos dos de los seis: «Nuch» y «Costalet». Nuestros apodos son caraterísticos y por ellos también somos reconocidos.
El conjunto de la fábrica estuvo dirigida por un asturiano muy joven, procedente de Oviedo, con titulación de Ingeniero de Minas. Horacio Cuartas era su nombre y 24 años tenía cuando vino ha dirigir la instalación y el inicio de los tra­bajos.
A la Sección de Ametralladoras, se trajo a un amigo de Oviedo, muy cualificado llamado Ra­úl, para dirigir y organizar esta división tan im­portante, en un periodo —que estando muy avanzada la Guerra Civil y casi presintiendo el fi­nal adverso que se avecinaba—, sólo pudo dar lugar a la producción de pocas unidades.
A alguno de estos personajes los pude ver terminada la guerra, en la década de 1943, cuando me iniciaron en la actividad de viajante en la Empresa en la que trabajaba, teniendo los 20 años cumplidos, siguiendo en este oficio has­ta 1954.
Al director me lo encontré —ocasión ca­sual—, en el Hotel Paris de León. Me reconoció y facilitó vernos algunas veces en Oviedo — donde residía— durante mi estancia de varios dí­as en aquella capital, cuatro veces al año. Le gustaba recordar Petrer, donde tantas huellas había dejado de índole diversa. Algunas veces lo acompañaba su amigo Raúl.